

El sol salía sobre la granja del sur de Francia.
Como cada mañana, el Capitán Jack, el gallo jefe del gallinero, subió al tejado y lanzó su famoso toque de diana:
—¡Quiquiriquííí! ¡Arriba, panda de perezosos!
Claro, siempre cantaba un poco desafinado, pero nadie se atrevía a decírselo.

Matilda, la pollita dorada, jugaba tranquila en el corral cuando, de pronto, apareció Oscar, su amigo el zorro.
—¡Eh, Matilda! ¡Ven, vámonos a escondidas!
—¿Qué? ¿Ya? ¡Pero el Capitán Jack me va a regañar!
—He encontrado un mapa misterioso en el bosque… Tenemos que enseñárselo al Maestro Herculus, el viejo búho sabio.

Llena de curiosidad, Matilda siguió a Oscar. Caminaron hasta una gran casa en lo alto de los árboles.
—¡Maestro Herculus! —gritó Oscar.
Pero el búho no respondió.
—¡MAESTRO HERCULUUUUS! —chilló Matilda.

El búho, que estaba un poco sordo, dio un respingo, perdió el equilibrio y… ¡plof!
Se cayó de su rama en un enorme montón de hojas.
—¡Ay, mis plumas! —gruñó mientras se levantaba—. ¿Qué quieren?

Oscar le dio el mapa. Pero el Maestro Herculus no conseguía agarrarlo con las alas: se le resbalaba, se le caía, salía volando.
Oscar y Matilda se partían de risa.
—¡Use las garras, Maestro Herculus! —dijo Matilda entre risitas.
—¡Ah, sí, buena idea! —respondió el búho rascándose la cabeza.

Ya en su despacho, lleno de libros polvorientos, estudió el mapa.
—Ejem, ejem… ya veo… El mapa señala un árbol especial en el bosque. ¡Allí hay un tesoro escondido!

Sin pensarlo dos veces, Oscar y Matilda se pusieron en camino. Siguieron el mapa y llegaron delante de un enorme árbol hueco. De repente, ¡crac!, ¡ñic!, ¡plof!: se oían ruidos dentro.
Descubrieron a Galileo, un osito travieso, que estaba escondiendo tarros de miel.
—Pero… ¡el tesoro es tu miel! —exclamó Matilda.
—¡Sí! ¡Mi supertesoro dulce! —respondió Galileo con una gran sonrisa.
En vez de enfadarse, se presentaron y pasaron la tarde jugando juntos. Galileo los hizo trepar a los árboles, correr por la hierba alta y hasta probar un poquito de miel a escondidas.

Al final del día, los papás de Galileo, Giorgio y Gina, los invitaron a merendar. En el menú: pasteles de miel y jugo de manzana fresquito.
Cuando el cielo se volvió rosa y violeta, Oscar se asustó:
—¡Rápido! ¡Hay que llevar a Matilda a casa antes de que el Capitán Jack se ponga a gritar!

Corrieron hasta la granja y encontraron a Joe, el viejo caballo.
—¡Joe, es el momento! ¡Distrae al Capitán Jack!
Joe golpeó fuerte el abrevadero con el casco: ¡CLANG, CLANG, CLANG!
El Capitán Jack pegó un salto gritando:
—¡A cubierto! ¡Ataque enemigo!
Aprovechando el alboroto, Oscar hizo pasar a Matilda por debajo de la valla. La pollita entró sin hacer ruido en el gallinero y se acurrucó contra Océane, su mamá, y luego contra sus tías y sus abuelas.

Con una gran sonrisa, se durmió soñando ya con miel, con un búho torpe y con un nuevo amigo oso.
✨ Fin… ¡pero no por mucho tiempo!